Todos los días escuchamos nuevas noticias sobre la guerra de Libia, o sobre la situación en países como Túnez y Egipto tras la rebelión del pueblo. Sin embargo, ¿qué ha sido de los miles de tunecinos, egipcios o libios que se marcharon de sus países durante las revueltas?
Por Isabel Barragán
Más de medio millón de personas ha abandonado Libia como consecuencia de la violencia desatada entre los partidarios al dictador Muamar el Gadafi y sus opositores a mediados del pasado febrero. Estas personas que han perdido su hogar son ahora refugiados. Pero esta situación también se ha dado en otros países del Norte de África como Túnez, Egipto, Yemen o Siria, aunque en menor grado que en el estado libio. Las ansias de democracia de estos países han provocado una revolución sin precedentes, pero muchas de las víctimas de los conflictos que han tenido lugar en ellos han huido por tierra, por mar y por aire en busca de paz.
En julio, la Organización Internacional de Inmigración (OIM) estimaba que un millón de personas se habían marchado de Libia huyendo de la violencia desatada entre los defensores del régimen y sus opositores. La mayor parte de ellas, en torno a un 98%, está ahora en países vecinos como Egipto, Túnez o Argelia. Más de 200.000 personas han entrado en Egipto desde entonces y, más de 240.000, en Túnez. Todo ello, sin contar los desplazamientos internos que se han producido en Libia.
Muchos de estas personas ya eran refugiadas cuando vivían – o malvivían – en Libia, y no era la primera vez que huían de sus países en busca de mejores condiciones de vida. Según la OIM, cuando estalló el conflicto en Libia había más de dos millones de inmigrantes en situación irregular en el país, procedentes de países más pobres. Además, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), unas 9.000 personas se encontraban en Libia en calidad de refugiados antes del estallido del conflicto.
Las condiciones de vida en los campos de refugiados donde conviven miles de libios son realmente precarias. La comida escasea, viven en tiendas de campaña y soportan extremas temperaturas. Por no hablar de su estado psicológico después de haber soportado robos, violaciones y ataques de todo tipo. Aunque, para muchos, la experiencia en estos campos ha sido breve, ya que en Egipto y Túnez, decenas de miles de personas han sido repatriadas a través de programas puestos en marcha por ACNUR y la OIM.
Cuando estalló la guerra civil en Libia, muchos refugiados fueron reclutados por el régimen de Gadafi. Los que se negaron, fueron encarcelados o asesinados, mientras que los que aceptaban se jugaban la vida en el campo de batalla. Sin elección, los que habían llegado a Libia para buscar una vida mejor estaban abocados al sufrimiento de la guerra. La mayor parte de estos reclutados eran africanos subsaharianos.
Sin embargo, los refugiados de Libia no sólo han llegado a países vecinos como Túnez, sino que la búsqueda de paz y oportunidades les ha llevado a Europa. Multitud de embarcaciones han ido llegando a la isla italiana de Lampedusa, situada a 113 kilómetros de Túnez, desde el estallido del conflicto. Antes del inicio del mismo, los flujos migratorios hacia Italia y Malta habían mermado debido al acuerdo alcanzado entre el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, y el dictador libio. A la isla, que ha sido denominada “La puerta de Europa”, han ido a parar unas 33.000 personas durante este año. Cada día llegan más, los centros de acogida están abarrotados y la mayoría de los que llegan lo hacen tras pagar a las mafias hasta 2.000 dólares por llevarles hasta Lampedusa. Entre los refugiados que han llegado a la isla hay gran cantidad de mujeres, muchas de ellas embarazadas o con bebés. Además, algunas de estas mujeres han sido violadas por los combatientes libios.
Mientras tanto, los refugiados sobreviven como pueden. Su desarrollo se ralentiza, así como el de sus respectivos países, que inician una reconstrucción tras los conflictos derivados de la denominada primavera árabe.
Las personas que malviven en los campos de refugiados son atendidas, principalmente, por organizaciones asistenciales y voluntarios de la zona. En este sentido, cientos de voluntarios tunecinos atienden a los refugiados en el campamento instalado por la ONU en la ciudad tunecina de Ben Garman. Las personas que viven allí son evacuadas, cada día, por el gobierno tunecino, la agencia de refugiados de la ONU y Organizaciones No Gubernamentales. Aunque no sólo llegan al campamento personas procedentes de Libia, sino también de otros países.
La ayuda ofrecida por los voluntarios ha sido crucial, ya que el campamento no podía albergar a tanta gente, pero muchos de ellos acogían a las personas en sus hogares y les ofrecían agua, comida y ropa.
Mientras tanto, las instituciones políticas y económicas occidentales dejan correr el asunto, en una época donde las dificultades no sólo afectan a la economía sino que, además, se está gestando una profunda crisis de valores alimentada por un miedo a no poder hacer frente a los gastos que marca esta sociedad de consumo. El que no tiene miedo a perder el empleo, tiene miedo a no encontrarlo. Como consecuencia, el recelo hacia las personas inmigrantes crece y “el otro” pasa a ser un enemigo.
¿Cuál es la alternativa para todas estas personas? ¿Qué respuesta deberían recibir por parte de la administración política, el poder empresarial y el conjunto de la sociedad? Porque todos somos responsables de su situación y, por ello, debemos exigir que las almas itinerantes de la primavera árabe no caigan en el olvido. Los refugiados deben ser repatriados a sus respectivos países en las mejores condiciones y con la seguridad de que su vida no va a correr peligro en el lugar de donde proceden.
Más que poner de su parte, la Unión Europea se muestra temerosa ante la “ola de migraciones” procedentes de los países de la primavera árabe. Parece que Occidente sólo se inmiscuye en los conflictos ajenos cuando tiene algo que ganar o cuando hay preciados recursos naturales de por medio. Esto ocurrió con Libia. El poder occidental, a través de su brazo armado, la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), ha sabido aprovecharse de las circunstancias y, con el pretexto de la defensa y de la seguridad, ha ayudado a derrocar al dirigente libio, Muamar el Gadafi pero, ¿a cambio de qué? A cambio de que los máximos dignatarios del organismo puedan acceder con privilegios a los yacimientos petrolíferos del país. En este sentido, según información publicada por el diario francés “Libération”, el Consejo Nacional de Transición Libio prometió a Francia un 35% de los futuros contratos petroleros.
Mientras tanto, los días siguen pasando. Haciendo un breve recorrido por la actual situación de los países protagonistas de las revueltas, estos últimos días han sido históricos. El pasado 20 de octubre el dictador libio falleció y, después de haber visto escrupulosos vídeos sobre su muerte, las causas aún son contradictorias. Además, el Consejo Nacional de Transición Libio ha proclamado la liberación de Libia. Por otra parte, en Túnez y Egipto la transición democrática parece gestarse, aunque aún queda mucho por hacer. En Egipto la junta militar ha fijado para el próximo 28 de noviembre elecciones parlamentarias, y en Túnez los comicios para la creación de una Asamblea Constituyente fueron el pasado 23 de octubre. El único deseo es que en estos países se establezca una democracia real, y no una extensión más de la democracia mercantil que impera en Occidente.


